Monday, April 10, 2006

Hoy vi algo que me llamó mucho la atención... algo esencialmente común y que no tendría por que ser sorprendente, pero sin embargo lo fue: Un policía llorando. Yo entré a un locutorio por cuestiónes laborales y me llamó la atención ver en la cabina contigua un oficial vestido con el típico uniforme de aquellos que guardan distintas esquinas de la ciudad. En ese momento pensé "que raro, no tendría que llamarme la atención ver a un policía hablando por teléfono", pero con el transcurso del tiempo me fui dando cuenta de que lo que me sacó de lugar no era el hecho de que el hombre estuviese allí, sino lo que estaba haciendo. Aquellos ávidos usuarios de locutorios sabrán que la privacidad dentro de las cabinas es nula (aunque uno no lo quiera así) y escuchar la conversación contigua es inevitable. Entonces se fue dando, me fue atrapando de a poco y ahí me quedé; escuchando cómo una persona acababa de terminar una relación bastante estable con su novia y cómo tras varios intentos fallidos de reestablecerla, al hombre no le quedaba más opción que dejar que el sentimiento fuera muriendo con el tiempo. Pobre persona, la había querido tanto y ahora verdaderamente se lo veía destruido detrás del chaleco antibalas. Cuando salí me lo encontré en su esquina, serio y duro, listo para ayudar al primer peatón que lo necesitara. Pensé en la vocación de esa gente; gente cuyo objetivo en la vida verdaderamente es vivir para servir, gente que es exactamente igual a cualquiera de nosotros con nuestros altibajos cotidianos. Hoy esa persona intimidante ahí parada entrenada para cuidar a cada uno de nosotros estaba seguramente sintiendo el horrible vacío y desesperanza que sinte cualquiera luego de un mal de amores, un término horrible y no merecido para los problemas de la esencia mísma de la vida. Después de todo, eso sería seguramente lo que recibiría de los demás cuando buscara ayuda: comentarios distantes para sacarle relevancia a un problema demasiado común y hacerlo pasar a un plano de "cosa de todos los días". Pero todos los que lo sentimos alguna vez sabemos que no es así. Y ahí estaba él, un individuo como cualquiera de nosotros con la única diferencia que él había decidido dedicar su vida a servirnos a nosotros y su misión era demasiado importante como para dejarla de lado por un problema personal. Finalmente me reconocí inútil, me acerqué y le pregunté que colectivo tomarme para llegar a córdoba y montevideo y me marché rumbo a la parada del 101 todavía con las palabras que quería decir dando vueltas en mi cabeza: "Deje oficial, tómese el día. Hoy no va a pasar nada y lo suyo es más importante; por una vez en la vida quítese el uniforme y vaya a su casa a descansar. Hoy nosotros lo cuidamos a usted, muchas gracias"

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